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DESEO, ACCIÓN Y FELICIDAD.

Hace un tiempo que practico budismo, y me acerqué a una idea de felicidad más tangible y posible.Empezando por una premisa simple pero profunda: la felicidad no es un objetivo, sino un estado que se habita o se deshabita. La felicidad está ahí, del mismo modo que lo está el aire, tu desayuno de cada mañana o tus compromisos cotidianos. Se habita desde nuestras acciones y desde la manera en que elegimos vincularnos con la vida.



Hoy quiero compartirles una yapita sobre dos conceptos que me acompañan mucho este último tiempo : la felicidad relativa y la felicidad absoluta.


La felicidad relativa suele estar asociada a causas externas: la salud, llegar a fin de mes, sentirnos reconocidas por nuestro entorno. Tiene que ver con lo físico, lo material y lo social.

La felicidad absoluta, en cambio, está vinculada con la dignidad de la vida y con nuestra espiritualidad. Es una felicidad que nace de causas internas.


Esta línea del budismo habla de la importancia de cultivar ambas. Es necesario cuidar nuestra salud, contar con sustento económico y sentir pertenencia; pero, al mismo tiempo, alimentar un estado de felicidad profunda que las circunstancias externas no puedan corromper.

Porque, en algún punto, la vida es una sucesión de dificultades. No existe existencia sin problemas.

La felicidad no es ausencia de sufrimiento, sino la fortaleza para atravesar los obstáculos y transformar los problemas en oportunidades de crecimiento, e incluso en alegría.

El budismo enseña que los deseos mundanos, los obstáculos e incluso aquello que vuelve pasajera nuestra felicidad relativa pueden convertirse en trampolines hacia una iluminación más profunda.


A medida que habitamos desafíos, crecemos. Transitamos la vida.Nuestros objetivos diarios son motores de acción. Tener claridad sobre hacia dónde queremos ir nos ayuda a avanzar paso a paso. Y sostener la convicción de ir a fondo puede transformar cada pequeño desafío en un impulso hacia una vida más plena.


Para alimentar esa fe, en mi práctica recitamos el mantra Nam Myoho Renge Kyo. Pero más allá de esta religión o filosofía, me conmueve profundamente este concepto porque encuentro que también existen otras prácticas que nos ayudan a conquistar estos dos espacios de felicidad y no son religiosas.


Al practicar Yoga, Técnica Alexander o Reiki, reconectamos con nuestra energía vital, aquello que algunas tradiciones llaman Qi. Al despertar ese potencial, recuperamos fuerza para accionar en la vida. A su vez, son prácticas que ajustan nuestra percepción del entorno: una percepción menos dominada por la mente, menos atravesada por creencias limitantes o interpretaciones automáticas de lo que nos sucede: abierta a la claridad, a las posibilidades y a la acción.


¡Porque el cuerpo es sabio!


Y cuando logra soltar sus limitaciones, muchas veces encuentra caminos hacia soluciones inesperadas. Soluciones incluso más espectaculares de las que creíamos posibles.


Un cuerpo flexible, equilibrado, tonificado y en conexión con su entorno desarrolla una escucha más afinada de sus sentidos; una escucha menos condicionada por su narrativa diaria y más disponible para responder a los desafíos.



No siempre llegamos a la solución deseada. No siempre aparece la respuesta que esperamos.

Pero esas pequeñas metas cotidianas —esos deseos mundanos— nos inspiran a tener un punto de partida, una dirección que traza un sendero con paradores donde detenernos a contemplar los distintos paisajes de nuestra propia vida.


Espero que este artículo te invite a comprender que la felicidad no niega el sufrimiento ni el esfuerzo.


La felicidad es, quizás, esa fuerza del alma que nos da la valentía de atravesar el invierno para poder llegar a la primavera.


Namasté.


Nota: Este árticulo fue inspirado de una carta de los escritos de Nichiren Daishonin.



 
 
 

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